La EPA es una red de jóvenes para crear en el mundo rural un sentido de pertenencia a una comunidad.

Una red de jóvenes rurales para no sentirte solo en el pueblo

Por las tardes, un bar abierto en invierno, un gimnasio o una sala municipal donde ensayar, y un bus nocturno los viernes para ir al pueblo de al lado sin coger el coche y poder volver de fiesta sin preocupaciones. Trabajo y vivienda digna el resto de la semana. Nada fuera de lo normal, ¿no? Esa escena –que se parece mucho a lo que cualquier chaval tiene en Madrid o Barcelona– es la que dibuja Matías Rubio, miembro de EPA (la red estatal de jóvenes y entidades por el rural), cuando se le pregunta cómo le gustaría que fuese la vida juvenil en los pueblos dentro de cinco a diez años. Os contamos qué es EPA: una red para no sentirte solo en el pueblo. 

Su visión dialoga con el diagnóstico emocional de Gabriel Molina, también de EPA, que parte de un sentimiento tan extendido como difícil de verbalizar: la desazón. “Ese sentimiento de desazón es muy real, pero se corta cuando encuentras el colectivo”, explica. En su caso, la pertenencia a una comunidad de jóvenes rurales le dio “realización” y “empoderamiento».

EPA nace como laboratorio de encuentros en 2022 y se formaliza como asociación en 2024. Su valor principal, según Matías, es acompañar a quienes deciden quedarse –o volver– a los pueblos. “Es muy difícil que tú en tu pueblo, si sois solamente tres, cuatro o cinco jóvenes, montéis una asociación”, admite. Por eso, EPA funciona como marco y tejido juvenil: metodologías “de tú a tú”, plantillas, orientación para pedir financiación, asesoría básica para crear entidades y espacios de co-creación con adolescentes y jóvenes. También se asoman a un debate más de fondo: adaptar la burocracia a realidades diversas. “Estamos reflexionando sobre nuevas maneras de organizarse…, de qué manera la burocracia se pueda adaptar a las realidades que vivimos como jóvenes”, apunta el portavoz de la asociación.

De la reflexión a los prototipos

Tras dos años de reflexión compartida, EPA pisa el acelerador de la acción. “Ahora estamos intentando entrar en los planes estratégicos”, dice, y cita el cierre de un proyecto de relevo generacional en ganadería con 25 propuestas y el lanzamiento —en colaboración con el Consejo de la Juventud de España— de un grupo interministerial que agrupe necesidades transversales a varios ministerios. El objetivo: transformar la “conversación de bar” que se repite en tantos pueblos (“no hay bus, no hay ocio, el bar cierra en invierno”) en políticas testables, con métricas y aprendizajes.

Aquí, Gabriel introduce una brújula práctica: la cultura como puerta de entrada y la organización como método. “Para llegar a los jóvenes hay que darles primero un atractivo… las fiestas de pueblo”, dice. De ahí proyectos como En Pie de Fiesta, que conecta peñas y comisiones de fiestas de toda España para compartir experiencias, profesionalizar lo que ya existe y, desde esa energía festiva, invitar a la acción cívica. “Queremos explorar cómo mantener en los pueblos durante el invierno a los jóvenes que van a las fiestas de sus pueblos en verano”, añade Matías. La misma lógica inspiró Visiones –clubes de cine itinerantes replicados en distintas Regiones– y Encuentros en las Lindes, el grupo de jóvenes ganaderos que ha tejido apoyo mutuo y un informe propio para llevar “la voz de primera persona” a foros europeos y nacionales. “¿Queríais la voz de los jóvenes y saber qué hacer? Pues aquí la tenéis”, reivindica Gabriel.

Soluciones inminentes a las barreras

Pero, ¿qué obstáculos siguen ahí? Gabriel no duda: “Vivienda, conectividad, servicios, ocio y facilidades para el emprendimiento”. También pide una cosa más abstracta, pero esencial: inclusión efectiva en la decisión local: “Lo que necesitamos los jóvenes es que nos dejen meter mano en las legislaciones”.

Matías aterriza el cómo. Tras escuchar durante meses “no hay dinero para líneas de bus en todos los pueblos”, EPA propone transportes a demanda con rutas y horarios que varían según usuarios (jóvenes de noche, mayores a consultas; recados entre semana). “Si no es posible, cambiamos de estrategia y buscamos nuevas soluciones”, propone. Para el ocio, la organización plantea ampliar horarios estacionales, programar microeventos comarcales y crear espacios de encuentro que sostengan el invierno. También se cuestionan si sería viable una fiscalidad diferenciada que incentive a aquellos que vivan en pequeños municipios. “No tiene sentido que haya pueblos pagando el mismo IBI que en Zaragoza”, observa.

Hay una capa emocional en todo esto que Gabriel verbaliza sin rodeos. “Nos separaron del colectivo hace unos años”, afirma. La respuesta, en su experiencia, pasa por reorganizarse: “Lo que diría es que los chavales intenten buscar formas de crear colectivo”. Porque cuando deja de doler el “cada uno a lo suyo”, aparece algo parecido a la esperanza. 

Ese efecto se multiplica cuando los proyectos se expanden en los territorios. Gabriel lo ha visto en pueblos donde un grupo de 14 o 30 jóvenes revive un tejido social, atrae a otro puñado, dispara negocios y asociaciones. ¿Cómo se sostiene? Con equipo y con una visión menos conservadora del patrimonio cultural. Pone el ejemplo de la Fiesta de San Pedro en La Vera (Extremadura), mezclando techno con música tradicional: “Se fusionó lo tradicional con algo diferente y ha tenido éxito”.

Peticiones “con la boca grande”

A la pregunta directa –¿qué pedirían hoy?–, Gabriel lo tiene claro: “Recursos”, “reconocimiento y visibilidad” y asiento real en la toma de decisiones locales, regionales y nacionales. La paradoja actual: “La asociación funciona porque hace cosas”, pero no existe una financiación estructural para sostener equipos que ya están ejerciendo funciones de facilitación, asesoría y comunicación que bien podrían externalizar las administraciones en quienes mejor conocen el terreno.

Coincide Matías, que subraya la importancia del método: co-gobernanza y diseño con jóvenes, no para jóvenes. “¿Cómo te aseguras de que un proyecto incluya y sea atractivo para chavales de 16 años? Porque en tu grupo de trabajo tienes una persona de 16”. Lo mismo con ganaderos, programadores o artistas, ya que son quienes van a usar –y mantener– cada solución.

Normalizar el pueblo

Más allá de las demandas institucionales, EPA encarna una forma íntima de vivir el territorio. Nacido en Madrid, criado en la sierra, Matías se fue con 22 años a un pueblo de Cantabria a terminar la carrera de Derecho en remoto. Se quedó, trabajó y ahora “regresa” al pueblo familiar en Aragón (140 habitantes). Lo cuenta sin épica: “Es coger y decir… soy la quinta generación de esa casa y lleva dos generaciones vacía”. No se necesitan más palabras, sino reconocer ese fuerte sentimiento de arraigo. En su pueblo, no puede disfrutar tanto como le gustaría de la montaña, pero sus vecinos le caen bien y eso le llena más. 

Gabriel, por su parte, aterriza los beneficios cotidianos del rural: “En salud, los primeros… los biorritmos del campo están hechos para vivir”. Y añade soberanía y aprendizaje: “Vivir en un pueblo te hace adquirir muchos conocimientos”. Sobre todo, comunidad: “Aquí en el pueblo te ayuda todo el mundo… Hago un par de llamadas y tengo apoyo”.

A la hora de dimensionar el reto, Matías recuerda que el 84% del territorio físico de España es rural, aunque allí resida alrededor de un 16% de la población. Ese desajuste exige priorizar y probar. “Es imposible que todos los pueblos tengan servicios”, ha escuchado en reuniones con la Comisión Europea. Por eso la estrategia de EPA evita prometer y apuesta por pilotos adaptativos: transporte a demanda aquí, fiscalidad allí, cultura como pegamento donde ya hay peñas y comisiones.

Lo que viene: ministerios, laboratorios y “Chispas”

A corto plazo, EPA quiere sentar a juventud y ministerios en una mesa estable para acordar medidas transversales y cronogramas. En paralelo, prepara Chispas, un proyecto para replicar laboratorios rurales en múltiples territorios: pequeños disparadores que ayuden a nacer proyectos, tejer alianzas y, sobre todo, multiplicar lo que ya funciona. Según Matías, también pretenden conectar a los “guajes” (16–18 años) para que propongan acciones. La intuición les dice que si se les ofrece participación en el diseño, también lo harán en el mantenimiento y ganarán voz en las instituciones locales.

EPA defiende un Estado que canalice mejor sus recursos hacia asociaciones del territorio. “Las mayores acciones y los mayores avances lo están haciendo las asociaciones civiles”, dice Gabriel. La receta: democracia participativa, colaboración público–civil y público–privada y políticas co-creadas con quienes ya ejecutan en el terreno. No se trata de externalizar sin control, sino de corresponsabilizar a quienes viven y cuidan esos lugares.

Porque, como Matías, Gabriel también volvió a su pueblo extremeño por amor a su linaje. Entre ambos, y con todos sus compañeros, dibujan la promesa de EPA: normalizar la vida joven en los pueblos devolviendo la colectividad a su centro.

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