Callejuelas de Tánger. Fotografía: Nora Sesmero

Lo que queda de la esencia de Tánger

El turismo borra la esencia de esta urbe que guarda un encanto tan especial que se queda para siempre impregnado en ti, gracias a su gente, sus colores y olores.

Para disfrutar de la esencia de Tánger se requiere de humildad, respeto y unos ojos bien abiertos. La humildad ante la cultura y el respeto hacia las religiones y formas de vida, así como unos ojos y una mente abiertas para lograr desenvolver el Tánger turista y así descubrir su esencia más pura.

Sus colores, sus olores, el ritmo de su gente conquistan. El olor de su mar, la brisa, parar y sentir su sol son placeres que gozarás en esta ciudad.

Los paisanos de Tánger

Uno de los ámbitos sobre los que aún no he leído mucho es la religión, sobre cualquiera de ellas, aunque me interesan. Las diferentes culturas me atraen por encima de todos los saberes de este mundo, y la religión tiene mucho que ver con ellas.

Como digo, desde la ignorancia, siempre he creído que todas las culturas árabes aportan a sus gentes una amabilidad hacia el prójimo especial. Aunque puede que le tenga una estima concreta a estas culturas dado que mis raíces provienen de Marruecos, de Tánger.

«Hay sentimientos difíciles de explicar con palabras…
Hace poco más de un año se me expandió el corazón algo más.
Hace un año descubrí mis raíces. Y sentí esa pasión que me nace de dentro por hablar con personas de todas partes del mundo, de tener una conversación que dure horas donde la mayor parte del tiempo yo escuche historias, aventuras y curiosidades sobre las diferentes culturas.
Esa pasión que me nace de dentro…», escribí un año después de este viaje.

En Tánger caminé con los ojos y los sentidos bien abiertos y disfruté junto a su gente, porque siempre tienen una buena palabra desde el corazón o un detalle que te sorprenderá.

Desde camareros, taxistas (subirse a un taxi en Tánger es una experiencia muy divertida, conducen a su manera digamos, pero lo pasamos bien), tenderos, hasta las maravillosas mujeres que llevan la Association Enfants du Paradis dónde nos acogieron durante una semana en su escuela para niñxs con necesidades especiales para aprender junto a ellxs y muchxs otrxs jóvenes que, como nosotrxs, jugamos durante aquel tiempo con lxs niñxs. Sin duda, nos hubiera gustado alargar la experiencia.

Association Enfants du Paradis. Fotografía: Nora Sesmero

Los colores de Marruecos

Además de recorrer las calles de Tánger con ilusión, pudimos visitar Assilah, una ciudad costera muy artística que nos encandiló.

Una tienda de Assilah. Fotografía: Nora Sesmero

Sus tiendas llenas de cuadros, bisutería, alfombras y prendas de vestir parecen cuevas repletas de colores, en contraste con sus paredes blancas y sus puertas azules.

De regreso en Tánger, dada mi pasión por el textil y las labores artesanales, traté de buscar trabajadorxs del hilo en esta ciudad. Aunque no logré mi misión, ya que viajamos durante la semana de la Fiesta del Cordero  o Aid Al Adha y muchos comercios estaban cerrados. Así que, se me quedó la miel en los labios.

Telar de una tienda en Tánger. Fotografía: Nora Sesmero

Aún así pude conocer sus mercados y disfrutar de la gastronomía marroquí. Mi mejor descubrimiento fue la pastela de pollo, en concreto la del Gran Café Central del Petit Socco, junto con su té de hierbabuena. Aún tengo grabado en mi memoria ese sabor que no he conseguido volver a atrapar. La pastela de pollo es un hojaldre relleno de pollo y múltiples especias con almendras, canela y azúcar glass espolvoreados por encima.

Otros de los platos típicos que podrás degustar son el cuscús, el tayín, la harira, los deliciosos dulces… Te recomiendo continuar explorando la gastronomía marroquí, muy especial por el uso de especias y sus toques dulces, ya que otras opciones para comer en Tánger serán cercanas a la comida basura.

Mercado tangerino. Fotografía: Nora Sesmero
Pastela de pollo. Fotografía: Nora Sesmero

Perderse por la kasbah

La kasbah es el casco antiguo de las ciudades de algunos países árabes, y «perderse» por sus estrechas y laberínticas calles puede ser muy excitante para algunas personas o muy estresante para otras.

A mí me parece que la esencia de Tánger está en las paredes de esas calles. Muchas veces, cuando camino por un lugar con tanta historia, me gusta pensar en la cantidad de personas y de experiencias que se impregnaron allí.

Camino por las calles de Tánger. Fotografía: Elena Pastor
Mi fotografía favorita del viaje. En la expresión de mi rostro se percibe la ilusión que me recorrió durante el viaje. Fotografía: Elena Pastor

Algunas visitas que te puedo recomendar en la ciudad son: el cementerio inglés, un lugar dónde sentirás mucho; los patios e interiores de los riad; bañarte en un hammam; la Plaza 9 de abril con su Cinema Rif; o las vistas del Café Hafa (porque dudo que te puedas sentar a tomar un té).

Puerta del Museo del Legado Americano en Tánger. Fotografía: Nora Sesmero

También desde las azoteas de Tánger se puede disfrutar de otra parte de la esencia de la ciudad: de su sol, de la brisa que viene del mar, de la vista de sus mezquitas o el sonido de las gaviotas. Simplemente escuchando con los ojos cerrados y el olfato abierto, o con un libro en la mano. Durante aquel viaje leí «El tiempo entre costuras» de María Dueñas, una novela que llevo desde pequeña en mi corazón.

Vista de Tánger desde una de sus azoteas. Fotografía: Nora Sesmero

Otras visitas cercanas que merecen la pena son la Cueva de Hércules o el Cabo Espartel. Sin duda, recordarás Tánger para siempre por la sensación de encanto que se quedará en ti.

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